jueves, julio 14, 2005

helados!

Bajo un tremendo sol, ya se podrán imaginar el calor que se sentía. Como nunca me provocaba un helado pra calmar la sed, uno de esos de chocolate con relleno en su interior; decidido a comprarlo me acerqué a donde el tendero -me da un helado de esos por favor - de cuales me respondió, - de esos que son rellenos le dije. Cuando me disponía a desenfundarlo se me acercaron unos niños diciendome "dame", igual sucede cuando compro cualquier otra cosa.

Es ahí cuando me pongo a pensar que los perros y los gatos viven mejor que muchas personas, y que el helado deja de ser sabroso, cuando otro lo ve con ansias y un enorme deseo de poseerlo; esos niños y muchos más estarán viendo con cierta obsesión ese cartel; y peor aún cuando se atreven a entrar a un lujoso centro comercial, donde por su condición humilde, muchas veces se ven limitados, prohibidos de ingresar y son hasta perseguidos porque atentan contra el ornamento del lugar.

Mientras tanto yo, trato de hacerme el desentendido, al adoptar una conducta hipócritamente normal, al no hacer nada, o lo común dar un helado ese momento y después decirle pobrecito.

La caridad esconde las razones por las que hay pobreza, justifica la existencia de niños pobres y por ende, tiende a eternizar las causas de la pobreza como la injusticia social, trata de econder la bonanza de pococs y la miseria de muchos.

Es nuestro deber como jóvenes que somos luchar incansablemente, para que mañana con las riendas del poder en nuestras manos, conducir a este país por el sendero de la equidad y mayor justicia social.

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miércoles, julio 13, 2005

¡los niños no pueden ver a Dios!

Hace unos días caminaba por una transitada avenida de la ciudad, el ruido de un grupo de personas cantando llamó mi atención; me detuve un momento a escuchar lo que decían, y a pesar de no entender que cantaban, supuse que se trataban de cantos de iglesia, por los delicados tonos que emanaban un sin número de instrumentos musicales, que si más no recuerdo, creo haber reconocido tres: una guitarra, una flauta y un violín, que fusionados entre sí, produjeron en mi un instante de paz y sosiego, fue entonces cuando decidí regresar, sin saber para qué, pero lo hice.

Doce pasos mas o menos y un giro a la izquierda, fueron suficientes, traté de avanzar pero varios niños, en la acera frente a un local, unos en silencio y otros tantos bulliciosos me lo impidieron; crucé la calle para poder ver bien, lo que vi fue un fantasma del cristianismo, una sombra disfrazada de devoción, un eslabón que conduce a Dios, pero en el que no hay espacio para los niños.

Era un local mediano de forma rectangular, ahí funciona una iglesia, no se bien si es cristiana o evangélica, u otra, pero en realidad eso no tiene mayor importancia. En el fondo un atril y un predicador o pastor con micrófono en mano, hacía alarde de su amor por Cristo; junto a él la se encontraba la banda sonora. Frente a ellos un grupo de personas, la mayoría adultas, todas de pies, cogidos de las manos y levantadas en señal de alabanza, moviendo los brazos de izquierda a derecha y viceversa, todos al compás del canto del pastor.

Afuera, como los polos opuestos de un imán, los niños mantenían cierta distancia de sus padres; niños entre tres y diez años formaban una hilera al pie de la acera, todos al cuidado de: a que no se lo imaginan?, NO!... SÍ al cuidado de otra niña. Un letrero pegado en la puerta decía: "Prohibido menores de 12 años"; y es que acaso hay edad para poder alabar a Dios, ¿cómo pueden permitir los padres que sus niños se queden afuera, pasando frío, talvez hambre?, ¿cómo se atreve el predicador impedir el paso de los niños?. Que los niños son traviesos y bulliciosos de acuerdo, pero todo ese ruido es un canto de alabanza al señor.

Que paradójico adentro se respiraba amor y afuera?.

Lo cierto es que toda esa payasada que se hacía adentro de ese pequeño circo, era en vano, pues Dios se encontraba afuera jugando con los niños, disfrazado de una caída y un mala broma, que provocaba tanta risa a los niños.

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